sábado, 24 de enero de 2009

Para Florencia, mi esposa

Nos conocimos en un baile, hace cincuenta años y desde entonces no nos hemos separado. Me sentí a gusto con ella desde el primer momento, Hablamos con palabras y con sentimientos, y siempre en paz. Nos fuimos conociendo un poco más cada día, haciéndonos verdaderos amigos y así pasaron dos años hasta que finalmente nos casamos con amor, convicción y alegría y con la esperanza de emprender una aventura juntos en la que todavía nos encontramos y en la que seguiremos hasta el final de nuestros días, con mucho más amor aún si cabe del que sentimos el primer día.

Tanto ella como yo procedemos de familias humildes y trabajadoras y sabemos lo que es vivir y sobrevivir en tiempos muy difíciles. Ella también tendría mucho que contar. Hoy a nuestros más de ochenta años y haciendo balance de lo vivido estamos en general satisfechos de haber llegado hasta aquí con nuestro bagage y nuestros achaques más o menos graves, pero todavía con ilusión por vivir. Hemos tenido dos hijos maravillosos, de los cuales estamos muy orgullosos por su bondad, generosidad y sensatez, que se desviven por nosotros para hacer de nuestra vejez lo más llevadera y cómoda posible. En ello mi mujer ha tenido mucho que ver, porque ella es así, buena, generosa, sacrificada, abnegada y con energía suficiente para llevarnos a todos a buen puerto, a mí, a nuestros hijos, a nuestros padres y suegros y a mucha más familia que hemos acogido en su momento en nuestro hogar por diversas circunstancias. Por eso y por muchas cosas más, me enamoré de ella y lo seguiré estando hasta el final de mis días.

Florencia, se llama y como dice su nombre, es una muy bella flor cuyo aroma perdura a través del tiempo y llevo siempre conmigo.



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martes, 6 de enero de 2009

El último cigarro

Ahora que acabamos de empezar el nuevo año, casi todos hablamos de los propósitos que nos gustaría cumplir de ahora en adelante. Todos, seguramente implicarán un poco de esfuerzo ya que posiblemente vengan arrastrándose desde el año o años anteriores.

Uno de los propósitos comunes en los tiempos que corren es el dejar de fumar. Difícil, muy difícil, pero no imposible. Perder kilos, a mi parecer es mucho más difícil ya que a veces no depende sólo de la voluntad.

El caso del tabaco es diferente. Es una adicción, todos lo sabemos, pero si se consigue superar la fase de intoxicación física con ayuda médica o no, con un esfuerzo de voluntad, la adicción psicológica va desapareciendo con el tiempo.

Yo había sido fumador en mi juventud. Me fumaba dos paquetes diarios, o sea 40 cigarrillos al día. Si el día tiene 24 horas y dormía 8, imaginad qué ritmo fumador llevaba. Había empezado a fumar porque te hacía mayor y era lo que se llevaba. Los amigos fumaban y te invitaban. Había un cierto placer en compartir esos momentos y me imagino que el sentido del gusto y el olfato debieron modificarse entonces para creer que el sabor del tabaco era agradable, aunque el sentido de la moderación que se requiere para apreciar realmente su sabor, que lo tiene, había desaparecido ya en nosotros, puesto que pasábamos del paquete diario.

A mis 46 años, empecé a pensar seriamente en eliminar ese hábito insano. La razón, una tos muy desagradable cada mañana que me rebelaba contra mí mismo y me hacía enfadar pensando qué necesidad tenía yo de soportarla y mi familia de soportar mi mal hábito. Intenté cortar radicalmente y durante un par de semanas conseguí no probar un cigarrillo. Pero en el trabajo, los compañeros me invitaban y al final recaí, ya que no quería despreciárselos.

Pero un día, el 25 de Mayo de 1969, lo intenté definitivamente y lo conseguí. Había experimentado que cada dos horas me venía el “mono” de cigarrillo y me dije: “¿Por qué no me ahorro ese cigarrillo y me espero otras dos horas?” – Y así lo hice. Me esperé. Pero cuando llegaron las cuatro horas me volví a formular la misma pregunta y me volví a esperar otras dos horas. Y así preguntándome a mí mismo cada dos horas (yo creo que era la voz de mi conciencia enfadada y sensatísima), conseguí pasar un día sin fumar. Al día siguiente, hice lo mismo y así lo hice los días sucesivos.

Cada vez me sentía más reforzado en mi voluntad y más crecido en mi personalidad. Ni que decir tiene que rechacé cualquier invitación a fumar por parte de amigos y compañeros. No he tenido nunca problemas respiratorios desde entonces.

Total que a día de hoy 6 de Enero de 2009, y a la espera de que el 25 de Mayo se cumplan 40 años de esa decisión, puedo decir que hace esos años que empecé una nueva vida. Todavía conservo en un vaso de cristal en la vitrina del comedor el último cigarro (ya fósil), que me hubiera tocado fumar con la fecha de ese día escrita en él.

Por si a alguien le sirve, le diré que en todo propósito sea de Año Nuevo o no, la voluntad es la que nos puede llevar al éxito.



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El reloj centenario

Hoy día de Reyes acaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Un año más y podemos contarlo para bien, gracias a Dios. Son días propicios para pensar en el paso del tiempo y quizás lo efímera de nuestra existencia, como hay quienes lo pensamos también cuando cumplimos años.

Hoy, tras una sobremesa tranquila en la que todos hemos echado una cabezadita o estamos en ello, en el silencio del momento, nuestro viejo reloj familiar hace notar su presencia con su incansable tic-tac. Es un reloj centenario o mejor dicho bicentenario que ha sido traspasado de una generación, la de la bisabuela de mi mujer a la de mis hijos, y ha venido marcando el paso del tiempo durante cuatro o quizás cinco generaciones.

El reloj es despertador, de los de campana, con tres esferas, la mayor y dos pequeñas, la segundera y la de las horas para la alarma. Aunque se consideró en su época de tamaño mediano, hoy resultaría un poco grande para una mesita de noche y por eso son sus descendientes, los relojes electrónicos los encargados de despertarnos cada día. En sus buenos tiempos, cuando sonaba la campana y había que levantarse, más de una vez se había caído al suelo, por la vibración que experimentaba al sonar, pero nunca se dañó la maquinaria por este motivo. No ha visitado nunca al relojero para que lo arreglara porque no ha sido necesario aunque recientemente le restauramos la capa de pintura con un dorado brillante y luce muy bien en un rincón reservado de una estantería de la librería del comedor.

Ha sido y es nuestro compañero infatigable que nos recuerda que la vida sigue y si no marcamos nosotros el paso de nuestra vida él esta ahí como encargado de indicarnos que la vida sólo tiene un sentido, hacia adelante, como la suya, con su vitalidad casi intacta desde tiempos pasados, con todo lo que habrá visto y lo que puede llegar a ver si sigue con su marcha de siempre.

“Andante” es la música que he escogido para él …



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