domingo, 21 de diciembre de 2008

Canción de navidad

Es tiempo de Navidad y aunque muchas personas tienen motivos para deprimirse porque siempre hay quien ya no se reunirá en torno a la mesa familiar para celebrarla, pienso que como me enseñaron mis padres, en esta vida hay que mirar siempre hacia delante, con las personas que están con nosotros en ese momento y con las que quizás se acerquen a nosotros en el futuro, o sea que, vamos a celebrar estas fiestas de invierno con la mayor alegría posible y con optimismo por lo bueno que pueda venir.

En una ocasión estaba inspirado con estas reflexiones y compuse esta melodía para la Navidad, que hasta me aventuré a ponerle letra y todo. Decía más o menos así: (por favor no os riáis)

Cantemos todos juntos, la Navidad,
Que el Niño ha nacido ya, Aleluya !!!
Unidos en este día, de amor y de paz,
Marcharemos todos juntos al Niño adorar.

Panderetas y zambombas tocaremos sin cesar
Que la fiesta es para el Niño y la hemos de celebrar….

Cantemos todos juntos, la Navidad,
Que el Niño ha nacido ya, Aleluya !!!
Unidos en este día, de amor y de paz,
Marcharemos todos juntos al Niño adorar ….




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En nombre de mi familia, mi mujer, mis hijos y del mío propio, os deseamos unas felices fiestas de Navidad y Año Nuevo 2009.

Salud, Dinero y Amor para todos…


Para mi madre

Se llamaba Marquina, nombre excepcional como lo era su persona. Había nacido en Lorca, en el año 1885, en el seno de una familia humilde. A la edad de 20 años se casó con mi padre, su novio de siempre también campesino y pronto se marcharon en busca de una vida mejor a trabajar a Francia en lo que surgiera.

Pequeñita de estatura, era una mujer fuerte, trabajadora y valiente donde las hubiera y con un corazón tan grande que enamoraba a cualquiera que la conociera y que la convertía en grande, muy grande, una gran dama, una dama de genio.

Tuvo seis hijos y en tiempos muy difíciles adoptó temporalmente a otro más, aunque en casa no nos sobraba nada. No sabía decir que no. De sus seis hijos, uno, el más pequeño, murió poco después de nacer y tuvo que soportar la pérdida de otros cuatro, el último de ellos, siendo ella una anciana. Por todo lo que os he explicado anteriormente, ya os podéis imaginar cómo sufrió y como tuvo que sobreponerse en múltiples ocasiones para seguir adelante y sacar energías de donde no las tenía para cuidarnos a todos, esposo, hijos, nietos, y a cualquiera que se acercara a ella a pedirle caridad y cariño.

Ella siempre decía que cuando más tranquila estuvo fue durante el exilio en el campo de concentración francés ya que allí, todos, incluída ella estábamos a expensas de quienes nos proporcionaban sustento y cobijo.

De sus hijos, únicamente le sobreviví yo, aunque por suerte conoció a todos sus nietos, mis hijos y a los hijos de Águeda y Juan. En mi casa, pasó sus últimos días, al cuidado mío y de mi mujer y logró un poquito de esa paz que siempre había luchado por encontrar.

Siempre está presente en nuestros corazones y seguro que si hay cielo, allí está como siempre velando por todos nosotros.



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domingo, 14 de diciembre de 2008

Para mi hermana Águeda

Era la mayor de mis hermanos. Nos llevábamos 17 años. El recuerdo que tengo de ella es que siempre fue una madraza para sus hijos y una buena hija para sus padres. Mi relación con ella era la normal en una familia bien avenida aunque debido a la diferencia generacional no tenía una relación tan estrecha con ella como con mis hermanos más pequeños. Sin embargo, apreciaba en ella una gran sensibilidad. Tenía la vista delicada, eso decían, y tuvo una vida dura quizás agravada por ese hecho. Pasó como los demás, las penalidades del exilio a Francia siempre con el temor de que nada les sucediera a sus hijos, y luego cuando el resto de la familia regresó a España tuvo que ir en busca de su marido a Burdeos, el cual no podía regresar por temor a las represalias franquistas dadas sus simpatías socialistas. Francia por el año 39 y siguientes sufriría la invasión alemana y a esta parte de mi familia le tocó estar en la Francia ocupada. Allí pese a pasarlo mal durante los primeros tiempos lograron llevar una vida tranquila durante un par de años, pero luego la xenofobia hacia los judíos que residían en la zona empezó a acrecentarse cada día más y de rebote también hacia los emigrantes españoles que residían en los mismos barrios y que eran utilizados como mano de obra barata por los franceses en trabajos en los que muchas veces quedaban expuestos a los bombardeos por parte de la aviación aliada. Ante el peligro que esto suponía para sus hijos, y el temor a que fueran atacados indiscriminadamente, mi hermana no lo dudó y le dijo a su marido que ella y los niños regresaban a España. Él no podía acompañarlos al ser casi un proscrito en su país.

Regresaron a Sant Feliu a la casa familiar y allí tuvieron que volver a pasar la escasez y miseria de aquellos días, sin su marido. Su hijo Erasmo, tuvo dificultad en encontrar trabajo ya que su apellido (el de su padre), no era bien recibido, y mi hermana también tuvo que soportar desaires de personas que no tenían ninguna razón de ser. Por suerte, siempre tuvo nuestro apoyo, el de su familia, pero la separación con su marido aunque fue transitoria y más tarde regresó, hizo mella en mi hermana y a los padecimientos por salvaguardar la salud de los suyos en tiempos muy difíciles, se añadió el suyo propio, una fuerte depresión de la cual no se recuperó nunca más.

Yo la quería mucho y su desaparición a la edad de 47 años fue otra pérdida irrecuperable para nosotros y que marcó el final de una época de grandes sufrimientos, que comenzó con la pérdida de nuestra hermana Antonia y siguió con la de Pedro, la guerra y el exilio.




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Hambre

Regresamos de Francia mi madre y yo un día de Marzo del año 1940. Mi padre hacía un tiempo que había regresado y se había quedado a vivir con mi hermano Juan y su familia, ya que la casa familiar había desaparecido y nuestros muebles habían sido requisados. El trato hasta llegar a la frontera francesa desde Céiles había sido muy amable, pero esto cambió una vez traspasada ésta ya que nos metieron en un tren hasta Barcelona como si fuéramos ganado, sin comer ni beber durante todo el trayecto. El reencuentro con la familia, podeis suponer cómo fue de emotivo. Mi hermano Juan nos acogió en su casa y sucedieron unas semanas muy ajetreadas durante las cuales buscamos piso de alquiler (mi padre trabajaba ya) e intentamos recuperar parte del mobiliario requisado que se encontraba en un almacén del pueblo retenido hasta que aparecieran sus dueños. Tuvimos suerte y poco a poco pudimos empezar a reconstruir nuestras vidas e intentar volver a la normalidad.

Lo normal era pasar mucha hambre en aquellos tiempos. Aunque los jornales no escaseaban, (yo mismo encontré trabajo en un taller de grifería), eran tiempos de racionamiento. Sant Feliu estaba considerado como un pueblo agrícola y los que asignaban los racionamientos debían pensar que necesitábamos menos comida que los demás, pero eso no era cierto ya que la mayoría de la producción del pueblo era de carácter industrial (metalurgia sobre todo). Los campos eran de los que tenían masías y si conseguías que te vendieran algo, era a muy alto precio. Existía también el estraperlo, con lo que la picaresca estaba servida. El pan que nos daban era tan malo que hubo quien escribió en una tapia del cementerio: “Si comes pan de Enero, aquí te espero compañero”.

Todos trabajábamos, mi padre de payés o mano de obra, yo en la fábrica de grifería, mi hermano Juan de fundidor, y hasta mi pobre madre, que aparte de atendernos a todos, trabajaba en el campo o en tareas de limpieza de alguna de las mansiones de Sant Feliu, muchas de las cuales todavía se conservan.

Ganábamos dinero, aunque muy poco y la comida era escasa. Pero ya estábamos curtidos por las experiencias vividas anteriormente y una vez más sobrevivimos. Aparte del hambre física, había hambre de entretenimiento y diversión ya que eran tiempos muy grises y por aquel entonces empecé a pensar en estudiar música seriamente, compaginándolo con los trabajos que me salían. Con 18 años cantaba en las “Caramelles” y luego más adelante en la Unió Coral con lo que poco a poco fui desarrollando lo que sería mi alimento anímico, la música, para olvidar la falta del otro alimento.




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