domingo, 30 de noviembre de 2008

Para Aguedita, mi sobrina

Contaba ocho años cuando sus juegos infantiles se vieron truncados por la dura y triste experiencia del exilio. Siempre protegida por todos, era la flor que todos cuidábamos y ese cuidado ha estado presente desde entonces hasta bien entrada su etapa como adulta.

Inteligente como su hermano Erasmo y guapa, - alguien dijo que tenía un cierto parecido con Bette Davis-, era muy talentosa y tuvo diversos trabajos, en los que siempre destacaba y progresaba rápidamente.

El trabajo en Sant Feliu escaseaba y era mal pagado, con lo que buscó trabajo en Barcelona y lo encontró, gracias a que sabía hablar francés muy bien, debido al tiempo que ella y su familia pasaron en Francia como exiliados. Trabajó en una peletería en la Rambla de las Flores y allí conoció a su futuro marido, Barkev, que pasaba por allí y había entrado como cliente. Fue un flechazo.

Una vez casados se marcharon a vivir al Líbano, de donde era él. Al cabo de unos años, cuando ya había nacido su hijo Aramiq tuvieron que emigrar ya que en los años setenta se avecinaban malos tiempos por aquellas tierras. Estuvieron un tiempo en España, pero tuvieron dificultades para encontrar trabajo y decidieron irse a vivir a Francia, en concreto a Aix-en-Provence, cerca de Marsella donde vivía familia de su marido. Les fue bien y allí residen desde entonces.

No hace mucho que su hijo la ha convertido en abuela, con lo que ya tiene por delante otra nueva aventura que vivir.



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Exiliados

En aquel Enero del 39 cruzamos la frontera en medio de una espesa niebla. Los gendarmes nos recibieron sin demasiadas contemplaciones y por poco no nos atropella un rebaño de vacas descontroladas que se nos vino encima. Con lo extenuados y débiles que estábamos podríamos decir que éramos de hierro ya que no nos pasó nada de milagro.

El camino hacia el campo de concentración de Montpellier fue duro. Francia nos recibía como si fuéramos poco menos que ganado. La guardia senegalesa (era típico de los gobiernos coloniales tener guardia proveniente de sus colonias), nos jaleaba constantemente sin compasión, sin pensar que había niños, ancianos y mujeres, al grito de: “Allez, allez….” . Los hombres (mi padre y mi cuñado) habían sido separados de nosotros en la frontera y se dirigían a otros campos de concentración, para emplearlos como mano de obra barata. La familia estaba dividida.

Al final llegamos al campo y aunque las condiciones eran precarias, teníamos algo que comer y sitio donde dormir hasta que alguien decidiera trasladarnos a otro lugar. Recuerdo que mis costillas se marcaban y podía "tocar la guitarra" con ellas. Allí, en Montpellier acabé de recuperarme de mi caída a la trinchera y todos empezamos a volver a comer regularmente, aunque de forma racionada. Ello nos permitió sobrevivir a una epidemia de tifus que se declaró debido a que las condiciones higiénicas no eran las deseables y alguien se había dejado algo por hacer, beneficiándose al tener en sus manos dinero que debía ser empleado en mantenernos con vida a los refugiados. Muchos murieron en aquel campo. Más adelante nos trasladaron a otro campo y luego a otro y así vivíamos aquel año en que Francia se estaba preparando para otra guerra que le tocaría muy de lleno, como a todos los europeos.

Con el tiempo hicimos amigos tanto españoles como franceses, los gendarmes y chicos de nuestra edad de los pueblos cercanos a los campos. Allí cantábamos canciones nostálgicas y procurábamos animarnos y animarlos con nuestros juegos, partidos de fútbol y con los improvisados espectáculos musicales que montábamos. El invierno pasó y pronto llegó el verano.

Recuerdo el día en que mi madre y yo emprendimos el regreso a España. Mi hermana y sus hijos se quedaban para irse después en busca de su marido a Burdeos. Aquel día todos en el campo nos vinieron a despedir. Fue muy emotivo, ya que pudimos comprobar lo mucho que nos apreciaban. Muchas veces acude esta imagen a mi memoria.



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domingo, 23 de noviembre de 2008

Marcha al exilio

En tiempos de paz y bonanza, aún con la crisis económica en que vivimos hoy en día, cuesta imaginarse lo que representa coger todas tus pertenencias y marchar al encuentro de lo desconocido, a no ser que seas un aventurero profesional y lo hagas por puro placer.

Pero en Enero del 39, no existía este concepto. No era por placer. Era por miedo y necesidad de seguridad para proteger y sacar adelante a tu familia, lejos de un panorama que en los últimos tiempos de la guerra se presentaba desolador. Quien no se haya visto nunca en una tesitura semejante puede resultarle difícil de entender, pese a que información sobre la guerra y la posguerra no nos falta, y ciertamente queda aún mucho que explicar.

Imaginaros un mes de Enero frío, oscuro, con bombardeos continuos desde el mar y desde el aire en la marcha hacia Barcelona y luego hacia Gerona y luego hacia Francia, caminando por carreteras no asfaltadas (desde luego), con carros destartalados cargando tus posesiones (eso si tenías carro), con caballos o mulos desfallecidos por el hambre y la escasez de alimentos, caminando siempre, muchas veces desorientados sin rumbo, y perseguidos por la aviación franquista que se cebaba con la población civil (sí, fue cierto, aunque cueste creerlo), y que nos obligaba en muchas ocasiones al “cuerpo a tierra” y después a ponerte de nuevo en pie y a ver qué se podía salvar de lo que había quedado, eso si no había desaparecido alguien de tu familia. Atravesando peligrosamente ríos con crecidas de aguas, con frío extremo, con nieve y heladas, dándonos calor unos a otros como podíamos, pasto de lugareños desaprensivos que se aprovechaban de tu necesidad de alimento para cambiar comida por ropa que luego te habría de faltar para abrigarte, o por otras pertenencias, como si fuera un mercadillo, en el que siempre ellos salían ganando. Niños, ancianos, mujeres, hombres, todos desnutridos y muchos enfermos, así íbamos camino a Francia. Fue como en una película de terror, aunque por desgracia no fue película ya que murieron muchos y otros se extraviaron antes de llegar.

Llegamos. Sobrevivimos. Pero todos en mi familia, desde el mayor, mi padre, hasta la menor, mi sobrina Aguedita, que entonces contaba 8 años pudimos constatar lo peor de la naturaleza humana. Qué triste fue.



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De cabeza

Me caí. De cabeza. Fue la primera vez que creí que estaba en el cielo. Como en las películas de dibujos animados que aparecen angelitos revoloteando alrededor de tu cabeza después de haberte dado un trompazo fenomenal.

Fue en una trinchera en Enero del año 1939 en la plaza del ayuntamiento de Sant Feliu, en plena oscuridad. Justamente en la noche en que mi familia y otras muchas familias humildes de Sant Feliu estábamos a punto de emprender la marcha como exiliados a Francia. En el pueblo ya habían sonado las alarmas ante la proximidad de las tropas franquistas. Mi familia no estaba metida en política, únicamente mi cuñado era simpatizante socialista, aunque sí tenía hermanos que eran miembros activos de la política y del ejército republicano. Existía miedo de que toda la familia pudiera quedar marcada y en peligro de represalia o peor aún de muerte, por las noticias que nos llegaban de lo que iban haciendo los franquistas en su avance por otros lugares de España.

Aquella noche de preparativos para subir en uno de los carros con las pocas pertenencias que habíamos podido reunir, y en medio del caos producido por el ajetreo y confusión de gente que iba y venía de un lado a otro casi totalmente a oscuras -por la alarma antiaérea-, echamos en falta a mi padre. Se había quedado atrás recogiendo los últimos enseres y cerrando la puerta de casa, pero tardaba demasiado. Como no venía (él se había perdido también y no nos encontraba), yo me lancé a buscarlo sin pensarlo dos veces. Mi osadía terminó al instante, pues la última sensación que recuerdo es la de haber subido a un montículo de tierra y de ahí, el silencio, la nada. Había muerto.

La siguiente sensación que tuve fue la de despertarme en una enfermería improvisada que habían montado en el pueblo, oyendo que me habían encontrado de milagro gracias a alguien más que también había caído y que por suerte para él y para mí estaba consciente. Parece ser que había caído de cabeza en una de las trincheras de la Plaça del Poble. Me devolvieron con mis padres, que ya se habían encontrado. La impresión que tuvieron fue de infarto, pues aparecí con la cabeza vendada al completo como una momia. Sólo se me veían los ojos. Así fue como con esas pintas partimos al exilio.

Supongo que estar un rato en el limbo, pudiera haberme inspirado esta celestial melodía…



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domingo, 16 de noviembre de 2008

Para Juan, mi padre

Cuando mi padre tenía 43 años nací yo. Compartí con él 44 años de su vida pues murió en el año 1967. Había nacido en Lorca (Murcia) al igual que mi madre. Era muy trabajador. Había empezado a trabajar cuando tenía 9 años en su pueblo aprendiendo a segar hasta convertirse en un segador de primera a quien siempre iban a buscar cuando había trabajo. Siempre procuró ayudar a sus padres y luego a mantener a su propia familia. Podía hacer cualquier tipo de trabajo (agricultor, mano de obra, etc). Se aplicaba a todo, era muy mañoso. En el año 1900 la vida se puso muy difícil en Lorca y llegó un momento en que los jornales empezaron a escasear hasta tal punto que como muchos otros no tuvieron más remedio que buscar una vida mejor. Así fue como recién casados, mis padres emigraron a Francia y luego en 1914, cuando se declaró la primera guerra mundial, a Cataluña, tierra de buena acogida en la que a pesar de que también eran tiempos de escasez, nunca les faltó el trabajo.

Era un gran hombre, qué puedo decir de mi padre. Cuando iba a trabajar al campo, a veces me llevaba con él siendo yo muy niño y me recogía un cestito de cerezas. Siempre estuvo por y para todos en la familia. Mis padres se querían mucho y estaban muy unidos.

Al igual que mi madre, pasaron las penalidades de la guerra, del exilio y de la posguerra y tuvieron que soportar la pérdida de 3 de sus 5 hijos. Por un accidente de trabajo se quedó ciego de un ojo y más adelante tuvo glaucoma en el que le quedaba, así que los últimos veintidós años de su vida los pasó en la más completa ceguera. Mis padres se merecían esa vida mejor que siempre buscaron. Tuvieron momentos de paz y tranquilidad en sus vidas, aunque éstos no duraban demasiado. Ojalá hubieran nacido en tiempos mejores.




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Montaña de fuego

Otro de mis recuerdos de juventud, fue la contemplación de una montaña cercana a Sant Feliu invadida por las llamas. Sucedió poco antes de que se iniciara la guerra civil, cuando yo tendría unos 12 ó 13 años. Era la montaña de Sant Antoni, cercana a Sant Boi y a Torrelles de Llobregat y que se puede ver desde la carretera general que discurre paralela al río Llobregat y que limita a Sant Feliu por el lado sur.

Era pronto por la mañana y como el día había amanecido neblinoso, el espectáculo sobrecogía aún más ya que los rayos de sol se disolvían entre la niebla. La atmósfera tenía un aspecto lechoso y la montaña en llamas parecía algo sobrenatural.

Los hombres de Sant Feliu y de los otros pueblos de alrededor acudieron a ayudar en su extinción y al final del día ya estaba casi totalmente sofocado. No recuerdo o no supimos el por qué se declaró aquel incendio, pero lo cierto es que en esa época empezaron a ocurrir cosas que desconcertaban a la gente del pueblo y que no tenían demasiada explicación. Quizá la explicación estaba en que estábamos en pleno periodo prebélico, según reflexioné ya de adulto mucho después.




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sábado, 8 de noviembre de 2008

La mort del vell pastor

De pequeño nunca había sido buen estudiante. Los profesores me infundían excesivo respeto o más bien temor por lo que prefería hacer “campana” (novillos) y jugar con otros campaneros como yo. Mi pobre madre siempre tenía que regañarme por esto. Para suavizar en lo posible el delito a veces pasaba por la panadería y aparecía en casa cargado con 4 barras de pan fiado (es decir cargado a la cuenta familiar). La visión del pan caliente atenuaba en lo posible la intensidad de la regañina.

Luego ya de mayor, me arrepentí muchas veces de no haberme instruido lo suficiente.

Aún así, me gustaba leer (eso sí lo logré). Cuando tendría unos veinte años más o menos cayó en mis manos un libro cuyo título era Petites llavors (Pequeñas semillas) del autor Villar de Serchs. Era un libro que pretendía introducir o formar a los lectores con perlas de la literatura catalana. Entre ellas se encontraban algunos poemas de Jacint Verdaguer.

Recuerdo uno de ellos que me impresionó hasta tal punto que pensé en componer una música para acompañar los sentimientos que me produjo al leerlo. No recuerdo si pertenecía a su obra L'Atlàntida, o quizás a la obra Veus del Bon Pastor. Lo que si recuerdo es que se refería a un vell pastor (viejo pastor).

Era la primera vez que compuse una “canción”, si se le puede llamar así, ya que la letra ya estaba escrita y la música la escribí yo.

A ver si os gusta....




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¡Gracias a todos!

Muchas gracias a todos vosotros, visitantes. A aquellos que han descubierto este blog durante las últimas semanas, debido a la publicidad asociada a los premios 20 minutos (¡gracias a mi hijo por ello!), gracias por vuestra curiosidad y aún más si os ha gustado tanto como para repetir la visita. Muchas gracias también a los que además han tenido la paciencia de escuchar las músicas asociadas a estos textos, y aún más si como en algún caso han comentado sus preferencias. Eso me halaga profundamente y nos motiva a realzar más el aspecto musical de este sencillo blog, para que resulte tan atractivo como al parecer resulta el contenido de las historias.
A los que me seguís desde el principio (que no hace tanto tiempo de eso), os reitero mi más sincero agradecimiento por vuestra fidelidad y os comunico que aún tengo mucho que contar. Intentaré brevedad aunque intensidad. Creo humildemente que lo mejor está todavía por llegar.

La música que os presento lleva por título “Nostalgia”. A veces en otoño este sentimiento aparece y desaparece y con ella he intentado captar este momento.



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