domingo, 21 de diciembre de 2008

Canción de navidad

Es tiempo de Navidad y aunque muchas personas tienen motivos para deprimirse porque siempre hay quien ya no se reunirá en torno a la mesa familiar para celebrarla, pienso que como me enseñaron mis padres, en esta vida hay que mirar siempre hacia delante, con las personas que están con nosotros en ese momento y con las que quizás se acerquen a nosotros en el futuro, o sea que, vamos a celebrar estas fiestas de invierno con la mayor alegría posible y con optimismo por lo bueno que pueda venir.

En una ocasión estaba inspirado con estas reflexiones y compuse esta melodía para la Navidad, que hasta me aventuré a ponerle letra y todo. Decía más o menos así: (por favor no os riáis)

Cantemos todos juntos, la Navidad,
Que el Niño ha nacido ya, Aleluya !!!
Unidos en este día, de amor y de paz,
Marcharemos todos juntos al Niño adorar.

Panderetas y zambombas tocaremos sin cesar
Que la fiesta es para el Niño y la hemos de celebrar….

Cantemos todos juntos, la Navidad,
Que el Niño ha nacido ya, Aleluya !!!
Unidos en este día, de amor y de paz,
Marcharemos todos juntos al Niño adorar ….




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En nombre de mi familia, mi mujer, mis hijos y del mío propio, os deseamos unas felices fiestas de Navidad y Año Nuevo 2009.

Salud, Dinero y Amor para todos…


Para mi madre

Se llamaba Marquina, nombre excepcional como lo era su persona. Había nacido en Lorca, en el año 1885, en el seno de una familia humilde. A la edad de 20 años se casó con mi padre, su novio de siempre también campesino y pronto se marcharon en busca de una vida mejor a trabajar a Francia en lo que surgiera.

Pequeñita de estatura, era una mujer fuerte, trabajadora y valiente donde las hubiera y con un corazón tan grande que enamoraba a cualquiera que la conociera y que la convertía en grande, muy grande, una gran dama, una dama de genio.

Tuvo seis hijos y en tiempos muy difíciles adoptó temporalmente a otro más, aunque en casa no nos sobraba nada. No sabía decir que no. De sus seis hijos, uno, el más pequeño, murió poco después de nacer y tuvo que soportar la pérdida de otros cuatro, el último de ellos, siendo ella una anciana. Por todo lo que os he explicado anteriormente, ya os podéis imaginar cómo sufrió y como tuvo que sobreponerse en múltiples ocasiones para seguir adelante y sacar energías de donde no las tenía para cuidarnos a todos, esposo, hijos, nietos, y a cualquiera que se acercara a ella a pedirle caridad y cariño.

Ella siempre decía que cuando más tranquila estuvo fue durante el exilio en el campo de concentración francés ya que allí, todos, incluída ella estábamos a expensas de quienes nos proporcionaban sustento y cobijo.

De sus hijos, únicamente le sobreviví yo, aunque por suerte conoció a todos sus nietos, mis hijos y a los hijos de Águeda y Juan. En mi casa, pasó sus últimos días, al cuidado mío y de mi mujer y logró un poquito de esa paz que siempre había luchado por encontrar.

Siempre está presente en nuestros corazones y seguro que si hay cielo, allí está como siempre velando por todos nosotros.



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domingo, 14 de diciembre de 2008

Para mi hermana Águeda

Era la mayor de mis hermanos. Nos llevábamos 17 años. El recuerdo que tengo de ella es que siempre fue una madraza para sus hijos y una buena hija para sus padres. Mi relación con ella era la normal en una familia bien avenida aunque debido a la diferencia generacional no tenía una relación tan estrecha con ella como con mis hermanos más pequeños. Sin embargo, apreciaba en ella una gran sensibilidad. Tenía la vista delicada, eso decían, y tuvo una vida dura quizás agravada por ese hecho. Pasó como los demás, las penalidades del exilio a Francia siempre con el temor de que nada les sucediera a sus hijos, y luego cuando el resto de la familia regresó a España tuvo que ir en busca de su marido a Burdeos, el cual no podía regresar por temor a las represalias franquistas dadas sus simpatías socialistas. Francia por el año 39 y siguientes sufriría la invasión alemana y a esta parte de mi familia le tocó estar en la Francia ocupada. Allí pese a pasarlo mal durante los primeros tiempos lograron llevar una vida tranquila durante un par de años, pero luego la xenofobia hacia los judíos que residían en la zona empezó a acrecentarse cada día más y de rebote también hacia los emigrantes españoles que residían en los mismos barrios y que eran utilizados como mano de obra barata por los franceses en trabajos en los que muchas veces quedaban expuestos a los bombardeos por parte de la aviación aliada. Ante el peligro que esto suponía para sus hijos, y el temor a que fueran atacados indiscriminadamente, mi hermana no lo dudó y le dijo a su marido que ella y los niños regresaban a España. Él no podía acompañarlos al ser casi un proscrito en su país.

Regresaron a Sant Feliu a la casa familiar y allí tuvieron que volver a pasar la escasez y miseria de aquellos días, sin su marido. Su hijo Erasmo, tuvo dificultad en encontrar trabajo ya que su apellido (el de su padre), no era bien recibido, y mi hermana también tuvo que soportar desaires de personas que no tenían ninguna razón de ser. Por suerte, siempre tuvo nuestro apoyo, el de su familia, pero la separación con su marido aunque fue transitoria y más tarde regresó, hizo mella en mi hermana y a los padecimientos por salvaguardar la salud de los suyos en tiempos muy difíciles, se añadió el suyo propio, una fuerte depresión de la cual no se recuperó nunca más.

Yo la quería mucho y su desaparición a la edad de 47 años fue otra pérdida irrecuperable para nosotros y que marcó el final de una época de grandes sufrimientos, que comenzó con la pérdida de nuestra hermana Antonia y siguió con la de Pedro, la guerra y el exilio.




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Hambre

Regresamos de Francia mi madre y yo un día de Marzo del año 1940. Mi padre hacía un tiempo que había regresado y se había quedado a vivir con mi hermano Juan y su familia, ya que la casa familiar había desaparecido y nuestros muebles habían sido requisados. El trato hasta llegar a la frontera francesa desde Céiles había sido muy amable, pero esto cambió una vez traspasada ésta ya que nos metieron en un tren hasta Barcelona como si fuéramos ganado, sin comer ni beber durante todo el trayecto. El reencuentro con la familia, podeis suponer cómo fue de emotivo. Mi hermano Juan nos acogió en su casa y sucedieron unas semanas muy ajetreadas durante las cuales buscamos piso de alquiler (mi padre trabajaba ya) e intentamos recuperar parte del mobiliario requisado que se encontraba en un almacén del pueblo retenido hasta que aparecieran sus dueños. Tuvimos suerte y poco a poco pudimos empezar a reconstruir nuestras vidas e intentar volver a la normalidad.

Lo normal era pasar mucha hambre en aquellos tiempos. Aunque los jornales no escaseaban, (yo mismo encontré trabajo en un taller de grifería), eran tiempos de racionamiento. Sant Feliu estaba considerado como un pueblo agrícola y los que asignaban los racionamientos debían pensar que necesitábamos menos comida que los demás, pero eso no era cierto ya que la mayoría de la producción del pueblo era de carácter industrial (metalurgia sobre todo). Los campos eran de los que tenían masías y si conseguías que te vendieran algo, era a muy alto precio. Existía también el estraperlo, con lo que la picaresca estaba servida. El pan que nos daban era tan malo que hubo quien escribió en una tapia del cementerio: “Si comes pan de Enero, aquí te espero compañero”.

Todos trabajábamos, mi padre de payés o mano de obra, yo en la fábrica de grifería, mi hermano Juan de fundidor, y hasta mi pobre madre, que aparte de atendernos a todos, trabajaba en el campo o en tareas de limpieza de alguna de las mansiones de Sant Feliu, muchas de las cuales todavía se conservan.

Ganábamos dinero, aunque muy poco y la comida era escasa. Pero ya estábamos curtidos por las experiencias vividas anteriormente y una vez más sobrevivimos. Aparte del hambre física, había hambre de entretenimiento y diversión ya que eran tiempos muy grises y por aquel entonces empecé a pensar en estudiar música seriamente, compaginándolo con los trabajos que me salían. Con 18 años cantaba en las “Caramelles” y luego más adelante en la Unió Coral con lo que poco a poco fui desarrollando lo que sería mi alimento anímico, la música, para olvidar la falta del otro alimento.




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domingo, 30 de noviembre de 2008

Para Aguedita, mi sobrina

Contaba ocho años cuando sus juegos infantiles se vieron truncados por la dura y triste experiencia del exilio. Siempre protegida por todos, era la flor que todos cuidábamos y ese cuidado ha estado presente desde entonces hasta bien entrada su etapa como adulta.

Inteligente como su hermano Erasmo y guapa, - alguien dijo que tenía un cierto parecido con Bette Davis-, era muy talentosa y tuvo diversos trabajos, en los que siempre destacaba y progresaba rápidamente.

El trabajo en Sant Feliu escaseaba y era mal pagado, con lo que buscó trabajo en Barcelona y lo encontró, gracias a que sabía hablar francés muy bien, debido al tiempo que ella y su familia pasaron en Francia como exiliados. Trabajó en una peletería en la Rambla de las Flores y allí conoció a su futuro marido, Barkev, que pasaba por allí y había entrado como cliente. Fue un flechazo.

Una vez casados se marcharon a vivir al Líbano, de donde era él. Al cabo de unos años, cuando ya había nacido su hijo Aramiq tuvieron que emigrar ya que en los años setenta se avecinaban malos tiempos por aquellas tierras. Estuvieron un tiempo en España, pero tuvieron dificultades para encontrar trabajo y decidieron irse a vivir a Francia, en concreto a Aix-en-Provence, cerca de Marsella donde vivía familia de su marido. Les fue bien y allí residen desde entonces.

No hace mucho que su hijo la ha convertido en abuela, con lo que ya tiene por delante otra nueva aventura que vivir.



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Exiliados

En aquel Enero del 39 cruzamos la frontera en medio de una espesa niebla. Los gendarmes nos recibieron sin demasiadas contemplaciones y por poco no nos atropella un rebaño de vacas descontroladas que se nos vino encima. Con lo extenuados y débiles que estábamos podríamos decir que éramos de hierro ya que no nos pasó nada de milagro.

El camino hacia el campo de concentración de Montpellier fue duro. Francia nos recibía como si fuéramos poco menos que ganado. La guardia senegalesa (era típico de los gobiernos coloniales tener guardia proveniente de sus colonias), nos jaleaba constantemente sin compasión, sin pensar que había niños, ancianos y mujeres, al grito de: “Allez, allez….” . Los hombres (mi padre y mi cuñado) habían sido separados de nosotros en la frontera y se dirigían a otros campos de concentración, para emplearlos como mano de obra barata. La familia estaba dividida.

Al final llegamos al campo y aunque las condiciones eran precarias, teníamos algo que comer y sitio donde dormir hasta que alguien decidiera trasladarnos a otro lugar. Recuerdo que mis costillas se marcaban y podía "tocar la guitarra" con ellas. Allí, en Montpellier acabé de recuperarme de mi caída a la trinchera y todos empezamos a volver a comer regularmente, aunque de forma racionada. Ello nos permitió sobrevivir a una epidemia de tifus que se declaró debido a que las condiciones higiénicas no eran las deseables y alguien se había dejado algo por hacer, beneficiándose al tener en sus manos dinero que debía ser empleado en mantenernos con vida a los refugiados. Muchos murieron en aquel campo. Más adelante nos trasladaron a otro campo y luego a otro y así vivíamos aquel año en que Francia se estaba preparando para otra guerra que le tocaría muy de lleno, como a todos los europeos.

Con el tiempo hicimos amigos tanto españoles como franceses, los gendarmes y chicos de nuestra edad de los pueblos cercanos a los campos. Allí cantábamos canciones nostálgicas y procurábamos animarnos y animarlos con nuestros juegos, partidos de fútbol y con los improvisados espectáculos musicales que montábamos. El invierno pasó y pronto llegó el verano.

Recuerdo el día en que mi madre y yo emprendimos el regreso a España. Mi hermana y sus hijos se quedaban para irse después en busca de su marido a Burdeos. Aquel día todos en el campo nos vinieron a despedir. Fue muy emotivo, ya que pudimos comprobar lo mucho que nos apreciaban. Muchas veces acude esta imagen a mi memoria.



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domingo, 23 de noviembre de 2008

Marcha al exilio

En tiempos de paz y bonanza, aún con la crisis económica en que vivimos hoy en día, cuesta imaginarse lo que representa coger todas tus pertenencias y marchar al encuentro de lo desconocido, a no ser que seas un aventurero profesional y lo hagas por puro placer.

Pero en Enero del 39, no existía este concepto. No era por placer. Era por miedo y necesidad de seguridad para proteger y sacar adelante a tu familia, lejos de un panorama que en los últimos tiempos de la guerra se presentaba desolador. Quien no se haya visto nunca en una tesitura semejante puede resultarle difícil de entender, pese a que información sobre la guerra y la posguerra no nos falta, y ciertamente queda aún mucho que explicar.

Imaginaros un mes de Enero frío, oscuro, con bombardeos continuos desde el mar y desde el aire en la marcha hacia Barcelona y luego hacia Gerona y luego hacia Francia, caminando por carreteras no asfaltadas (desde luego), con carros destartalados cargando tus posesiones (eso si tenías carro), con caballos o mulos desfallecidos por el hambre y la escasez de alimentos, caminando siempre, muchas veces desorientados sin rumbo, y perseguidos por la aviación franquista que se cebaba con la población civil (sí, fue cierto, aunque cueste creerlo), y que nos obligaba en muchas ocasiones al “cuerpo a tierra” y después a ponerte de nuevo en pie y a ver qué se podía salvar de lo que había quedado, eso si no había desaparecido alguien de tu familia. Atravesando peligrosamente ríos con crecidas de aguas, con frío extremo, con nieve y heladas, dándonos calor unos a otros como podíamos, pasto de lugareños desaprensivos que se aprovechaban de tu necesidad de alimento para cambiar comida por ropa que luego te habría de faltar para abrigarte, o por otras pertenencias, como si fuera un mercadillo, en el que siempre ellos salían ganando. Niños, ancianos, mujeres, hombres, todos desnutridos y muchos enfermos, así íbamos camino a Francia. Fue como en una película de terror, aunque por desgracia no fue película ya que murieron muchos y otros se extraviaron antes de llegar.

Llegamos. Sobrevivimos. Pero todos en mi familia, desde el mayor, mi padre, hasta la menor, mi sobrina Aguedita, que entonces contaba 8 años pudimos constatar lo peor de la naturaleza humana. Qué triste fue.



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De cabeza

Me caí. De cabeza. Fue la primera vez que creí que estaba en el cielo. Como en las películas de dibujos animados que aparecen angelitos revoloteando alrededor de tu cabeza después de haberte dado un trompazo fenomenal.

Fue en una trinchera en Enero del año 1939 en la plaza del ayuntamiento de Sant Feliu, en plena oscuridad. Justamente en la noche en que mi familia y otras muchas familias humildes de Sant Feliu estábamos a punto de emprender la marcha como exiliados a Francia. En el pueblo ya habían sonado las alarmas ante la proximidad de las tropas franquistas. Mi familia no estaba metida en política, únicamente mi cuñado era simpatizante socialista, aunque sí tenía hermanos que eran miembros activos de la política y del ejército republicano. Existía miedo de que toda la familia pudiera quedar marcada y en peligro de represalia o peor aún de muerte, por las noticias que nos llegaban de lo que iban haciendo los franquistas en su avance por otros lugares de España.

Aquella noche de preparativos para subir en uno de los carros con las pocas pertenencias que habíamos podido reunir, y en medio del caos producido por el ajetreo y confusión de gente que iba y venía de un lado a otro casi totalmente a oscuras -por la alarma antiaérea-, echamos en falta a mi padre. Se había quedado atrás recogiendo los últimos enseres y cerrando la puerta de casa, pero tardaba demasiado. Como no venía (él se había perdido también y no nos encontraba), yo me lancé a buscarlo sin pensarlo dos veces. Mi osadía terminó al instante, pues la última sensación que recuerdo es la de haber subido a un montículo de tierra y de ahí, el silencio, la nada. Había muerto.

La siguiente sensación que tuve fue la de despertarme en una enfermería improvisada que habían montado en el pueblo, oyendo que me habían encontrado de milagro gracias a alguien más que también había caído y que por suerte para él y para mí estaba consciente. Parece ser que había caído de cabeza en una de las trincheras de la Plaça del Poble. Me devolvieron con mis padres, que ya se habían encontrado. La impresión que tuvieron fue de infarto, pues aparecí con la cabeza vendada al completo como una momia. Sólo se me veían los ojos. Así fue como con esas pintas partimos al exilio.

Supongo que estar un rato en el limbo, pudiera haberme inspirado esta celestial melodía…



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domingo, 16 de noviembre de 2008

Para Juan, mi padre

Cuando mi padre tenía 43 años nací yo. Compartí con él 44 años de su vida pues murió en el año 1967. Había nacido en Lorca (Murcia) al igual que mi madre. Era muy trabajador. Había empezado a trabajar cuando tenía 9 años en su pueblo aprendiendo a segar hasta convertirse en un segador de primera a quien siempre iban a buscar cuando había trabajo. Siempre procuró ayudar a sus padres y luego a mantener a su propia familia. Podía hacer cualquier tipo de trabajo (agricultor, mano de obra, etc). Se aplicaba a todo, era muy mañoso. En el año 1900 la vida se puso muy difícil en Lorca y llegó un momento en que los jornales empezaron a escasear hasta tal punto que como muchos otros no tuvieron más remedio que buscar una vida mejor. Así fue como recién casados, mis padres emigraron a Francia y luego en 1914, cuando se declaró la primera guerra mundial, a Cataluña, tierra de buena acogida en la que a pesar de que también eran tiempos de escasez, nunca les faltó el trabajo.

Era un gran hombre, qué puedo decir de mi padre. Cuando iba a trabajar al campo, a veces me llevaba con él siendo yo muy niño y me recogía un cestito de cerezas. Siempre estuvo por y para todos en la familia. Mis padres se querían mucho y estaban muy unidos.

Al igual que mi madre, pasaron las penalidades de la guerra, del exilio y de la posguerra y tuvieron que soportar la pérdida de 3 de sus 5 hijos. Por un accidente de trabajo se quedó ciego de un ojo y más adelante tuvo glaucoma en el que le quedaba, así que los últimos veintidós años de su vida los pasó en la más completa ceguera. Mis padres se merecían esa vida mejor que siempre buscaron. Tuvieron momentos de paz y tranquilidad en sus vidas, aunque éstos no duraban demasiado. Ojalá hubieran nacido en tiempos mejores.




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Montaña de fuego

Otro de mis recuerdos de juventud, fue la contemplación de una montaña cercana a Sant Feliu invadida por las llamas. Sucedió poco antes de que se iniciara la guerra civil, cuando yo tendría unos 12 ó 13 años. Era la montaña de Sant Antoni, cercana a Sant Boi y a Torrelles de Llobregat y que se puede ver desde la carretera general que discurre paralela al río Llobregat y que limita a Sant Feliu por el lado sur.

Era pronto por la mañana y como el día había amanecido neblinoso, el espectáculo sobrecogía aún más ya que los rayos de sol se disolvían entre la niebla. La atmósfera tenía un aspecto lechoso y la montaña en llamas parecía algo sobrenatural.

Los hombres de Sant Feliu y de los otros pueblos de alrededor acudieron a ayudar en su extinción y al final del día ya estaba casi totalmente sofocado. No recuerdo o no supimos el por qué se declaró aquel incendio, pero lo cierto es que en esa época empezaron a ocurrir cosas que desconcertaban a la gente del pueblo y que no tenían demasiada explicación. Quizá la explicación estaba en que estábamos en pleno periodo prebélico, según reflexioné ya de adulto mucho después.




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sábado, 8 de noviembre de 2008

La mort del vell pastor

De pequeño nunca había sido buen estudiante. Los profesores me infundían excesivo respeto o más bien temor por lo que prefería hacer “campana” (novillos) y jugar con otros campaneros como yo. Mi pobre madre siempre tenía que regañarme por esto. Para suavizar en lo posible el delito a veces pasaba por la panadería y aparecía en casa cargado con 4 barras de pan fiado (es decir cargado a la cuenta familiar). La visión del pan caliente atenuaba en lo posible la intensidad de la regañina.

Luego ya de mayor, me arrepentí muchas veces de no haberme instruido lo suficiente.

Aún así, me gustaba leer (eso sí lo logré). Cuando tendría unos veinte años más o menos cayó en mis manos un libro cuyo título era Petites llavors (Pequeñas semillas) del autor Villar de Serchs. Era un libro que pretendía introducir o formar a los lectores con perlas de la literatura catalana. Entre ellas se encontraban algunos poemas de Jacint Verdaguer.

Recuerdo uno de ellos que me impresionó hasta tal punto que pensé en componer una música para acompañar los sentimientos que me produjo al leerlo. No recuerdo si pertenecía a su obra L'Atlàntida, o quizás a la obra Veus del Bon Pastor. Lo que si recuerdo es que se refería a un vell pastor (viejo pastor).

Era la primera vez que compuse una “canción”, si se le puede llamar así, ya que la letra ya estaba escrita y la música la escribí yo.

A ver si os gusta....




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¡Gracias a todos!

Muchas gracias a todos vosotros, visitantes. A aquellos que han descubierto este blog durante las últimas semanas, debido a la publicidad asociada a los premios 20 minutos (¡gracias a mi hijo por ello!), gracias por vuestra curiosidad y aún más si os ha gustado tanto como para repetir la visita. Muchas gracias también a los que además han tenido la paciencia de escuchar las músicas asociadas a estos textos, y aún más si como en algún caso han comentado sus preferencias. Eso me halaga profundamente y nos motiva a realzar más el aspecto musical de este sencillo blog, para que resulte tan atractivo como al parecer resulta el contenido de las historias.
A los que me seguís desde el principio (que no hace tanto tiempo de eso), os reitero mi más sincero agradecimiento por vuestra fidelidad y os comunico que aún tengo mucho que contar. Intentaré brevedad aunque intensidad. Creo humildemente que lo mejor está todavía por llegar.

La música que os presento lleva por título “Nostalgia”. A veces en otoño este sentimiento aparece y desaparece y con ella he intentado captar este momento.



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domingo, 26 de octubre de 2008

Para mi hermano Juan

Era mi hermano mayor, el segundo de mis hermanos. Nos llevábamos 14 años y si mi hermano Pedro era mi protector, mi hermano Juan nunca permitió que yo siendo niño tuviera que ponerme a trabajar por más necesidad que tuviera la familia. Para eso ya estaba él, nos decía. Era muy guapo y siempre había sido mi ídolo.

Parece que el gen musical de la familia se expresó primero en él, pues era muy aficionado a cantar. Su especialidad eran las zarzuelas y con su grupo de amigos organizaban siempre unas sesiones de canto que dejaban encantados a quienes les escuchaban. Una vez casado, venían a la casa familiar en días de fiesta y acabábamos todos cantando. Entonces no había tele y aunque teníamos radio, preferíamos la música en vivo.

Otra cosa que me fascinaba de él era su habilidad para fabricar cometas. Con escasos materiales, caña americana, de los cañaverales de los huertos de Sant Feliu, y papel de seda de muchos colores, montaba cometas tan grandes como yo y nos llevaba a mí y a mis hermanos a disfrutar con el espectáculo de verlas volar.

Fue soldado en la guerra y sobrevivió a ella. Su vida fue relativamente tranquila en general. Se casó con Eulalia y tuvo dos hijos, Juan y Pedro. Todos ellos viven. Él no. Murió con 61 años por enfermedad incurable que aunque tratada, nada se pudo hacer.

Su mujer es pintora y es mayor que yo. Pasa de los noventa y aún sigue pintando. Mis sobrinos han heredado la vocación musical de su padre y también como yo aprovechan las oportunidades que les surgen para dar a conocer sus creaciones. Mi hermano, que en gloria esté, estará seguramente muy orgulloso de ellos. Y yo de mi hermano.



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sábado, 25 de octubre de 2008

En bicicleta

La primera vez que me subí a una bicicleta fue más o menos a los 10 años de edad.
En Sant Feliu, existía y aún todavía existe la barriada de los pisos del “Bertrand”. Esos pisos, muy modernos por aquel entonces, tenían un gran patio interior compartido por todos quienes vivían en ellos, y hasta tenían una zona reservada donde se tendía la ropa. Para mí y mis amigos era nuestra zona de juegos y aún recuerdo que en uno de los postes de los tendederos acostumbraba a aparcar su bicicleta el señor que venía a cobrar la “Mutua de Enfermedad”. Nosotros siempre nos ofrecíamos, de manera interesada, a guardársela para que nadie se la robara. Él no se fiaba mucho de nosotros, pero la bicicleta no la podía llevar consigo cuando subía a los pisos y al final, a regañadientes, siempre acababa aceptando (no le quedaba otra). En esos cortos instantes mis amigos y yo la cogíamos y dábamos vueltas por el patio, vigilantes siempre de que no nos pillara a su regreso. El problema era que era una bicicleta de adulto y nosotros que éramos crios de 10 años, también aprendimos además lo que era tener dolor en la entrepierna.

Más tarde pusieron en el pueblo un taller de bicicletas que las reparaban y alquilaban (esta vez de todos los tamaños). Por un cuarto de hora pagábamos 5 ó 10 céntimos de antes de la guerra. Los frenos estaban tan gastados que era como si no existieran. Así que no ganábamos para cambiar las suelas de nuestros zapatos. Recuerdo que ese cuarto de hora lo aprovechaba tanto que a mí me parecía media hora.

Años después mi sobrino Erasmo se compró una bicicleta bastante buena y me la prestaba para ir de Sant Feliu a Molins de Rei a visitar a mi hermano Juan y a su familia recien casados por aquel entonces. Cuando circulaba tranquilamente hacia Molins me venían a la cabeza músicas como ésta.



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sábado, 18 de octubre de 2008

Nunca es tarde

Mis hijos me han vuelto a sorprender. Primero fue cuando me propusieron la creación de este blog que tanta ilusión me hace y esta semana me han dicho que me han inscrito como aspirante al premio al mejor blog de música del diario “20 minutos”. La verdad estoy bastante asombrado y desde luego agradecido con ellos, no porque piense que voy a ser famoso sino porque creo que estar ahí puede suponer que mis músicas sean difundidas, si es que llegan a gustar.

Durante toda mi vida he ido creando y perfeccionando cada una de las 120 pequeñas composiciones que irán apareciendo en el blog y lo seguiré haciendo mientras viva. Lo he hecho siempre por puro disfrute creativo y personal, pero también con ganas de hacer disfrutar a otros. Esa es mi única intención.

Lo han inscrito en la categoría de música, según me han dicho, porque quieren respetar la filosofía original del blog que no es otra que promocionar más la música que la letra. Los retazos de mi vida personal, que presentan a las músicas, pueden interesar o no ya que son eso, personales y creo que comunes o similares a muchas personas de mi generación. En la blogosfera hay muchos blogs de este tipo, pero con una música que sea de creación propia, no tantos.

Bueno, por esta vez “me apunto” al carro de la fama y para ilustrar un poco todo esto os presento la música que lleva por título: Nunca es tarde.



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sábado, 4 de octubre de 2008

Para mi sobrino Erasmo

Mi sobrino y yo nos llevamos cuatro años. Él es el joven, aunque también pasa de los ochenta. Siempre ha sido mi hermano pequeño, el que nunca tuve. Si mi hermano Pedro me protegía a mí, yo protegía a mi sobrino Erasmito.

Recuerdo que siempre ha sido un chico listo y aún lo sigue siendo. Era muy bueno en los estudios. Tuvo oportunidad de demostrarlo en su más tierna infancia cuando debía tener unos 11 ó 12 años si no calculo mal.

Por aquel entonces, sobre el año 1939 mi familia (mi madre y mi hermana Águeda), mis sobrinos (Erasmito y Aguedita) y yo estábamos refugiados en el campo de concentración de Ceiles et Roqueredonde en el sur de Francia en el Languedoc. El resto de la familia (mi padre y mi cuñado) estaban en otros campos de concentración, mientras que mi hermano Juan se había quedado en España ya que estaba en la guerra como soldado.

Entonces supimos que mi padre había conseguido volver a España, (la guerra había acabado) y decidimos volver nosotros también. Al mismo tiempo, recibimos una carta de mi cuñado, el marido de mi hermana Águeda y padre de mis sobrinos que les reclamaba para reunirse con él en Burdeos.

Así pues, teníamos que separarnos y seguir cada uno su camino. Mi hermana y sus hijos debían dirigirse hacia Burdeos siguiendo las indicaciones de su marido. Mi sobrino Erasmo, actuó pese a su corta edad como si fuera el hombre de la casa, ya que gracias a su inteligencia y a lo que había aprendido en el escuela tanto en España como en Francia, fue de una gran ayuda para su madre ya que supo hacerse entender con todo aquel con el que se encontraba y consiguió que todos ellos llegaran a su destino.

Hoy en día sigue en activo y se dedica a escribir sus memorias. Dado que tiene mucho que contar, esperemos que algún día las publique y si no es así, que queden como testimonio de una vida y de una época que nos tocó vivir a todos.



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Caramelles (dedicada a Sant Feliu de Llobregat)

Entre el último día de Semana Santa y los dos primeros de Pascua muchos pueblos de Cataluña, entre ellos Sant Feliu de Llobregat se llenan de grupos de cantaires que recorren las calles cantando las tradicionales Caramelles. Estos populares cantos corales que se remontan a los siglos XVI y XVII, tocan temas tan diversos como las fiestas relacionadas con la Pascua, el festejo, la sátira o la vida social. El grupo de cantaires se planta al pie de los balcones de amigos y demás gente del pueblo. Llevan una cesta atada a lo alto de una larga vara adornada de cintas que llega hasta el balcón del homenajeado, el cual en correspondencia deja su donativo. En su origen los caramellaires recorrían las diversas masías anunciando la Resurrección de Cristo. A cambio de la noticia se les obsequiaba con huevos, butifarras y comidas grasosas, lo que indicaba que la Cuaresma había finalizado. Por eso se dice que el huevo de las “monas” de Pascua simboliza el principio de la vida.

En mi juventud mi sobrino Erasmo y yo cantábamos en la Unió Coral de Sant Feliu y participábamos en las Caramelles.

Dedico esta música a Sant Feliu, mi pueblo, por haber sabido conservar y mantener esta tradición hasta nuestros días y que se puede disfrutar aún cada Semana Santa.



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sábado, 27 de septiembre de 2008

Para mi hermana Antonia

Tendría yo unos 12 años cuando mi hermana falleció. Era una chica alegre, jovial , muy agradable y simpática, todos los adjetivos buenos le iban bien. Todos los que la conocían la querían y apreciaban y en el pueblo tenía muchos pretendientes. Pero no pudo vivir lo que debía ya que una mala enfermedad se la llevó en el año 1935 a la edad de 23 años. Nuestra vida no volvió a ser nunca más como antes ya que la tristeza se asentó en mi familia desde entonces. La foto que he escogido muestra a mi hermana en todo su esplendor con la sonrisa que la caracterizaba y como hemos querido siempre recordarla en nuestros corazones. Ojalá siga sonriendo esté donde esté.



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Merienda en el campo

Antes de la guerra, yo tendría unos 8 años, recuerdo que los jóvenes y no tan jóvenes de la época acostumbraban a salir en grupo por los alrededores de Sant Feliu a merendar y a divertirse con actividades tales como bailar sardanas, y otros juegos propios de la juventud. Uno de los lugares típicos era la ermita de la Salut y su bosque de pinos que permitían respirar buenos aires en un entorno lleno de tranquilidad. Otro de los lugares era detrás de la Pedrera del pueblo, donde existía una explanada en medio del bosque que propiciaba aquel ambiente lúdico. En estos lugares se reunían grupos de los pueblos de alrededor y había bastante vida social. En la foto familiar aparecen mis hermanas Águeda y Antonia, mi cuñado Wisliano, y mi sobrino Erasmo entre conocidos de aquel tiempo.




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El piano de madera

Cuando terminaba mi jornada laboral , tendría yo unos 20 años, dedicaba mi tiempo libre a aprender lecciones de piano. En casa no había ningún piano ni nada que se le pareciera para poder practicar y se me hacía difícil ejercitar los dedos con las escalas y arpegios que tenía que aprender. Entonces se me ocurrió pedirle a un amigo mío que trabajaba para un carpintero que me fabricara un teclado de madera con las mismas octavas de un piano normal. El teclado era muy simple, una tabla con las teclas dibujadas y remarcadas. Era tan ligero (pesaría unos dos kilos como máximo) que me permitía llevarlo a todas las habitaciones de mi casa. Era mi piano portátil. Y así fue como gracias a este invento podía compaginar las prácticas en casa con las que me dejaban hacer en el piano del café de la Unió Coral de Sant Feliu, allí con algo de lo que mi piano de madera carecía: sonido.



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viernes, 19 de septiembre de 2008

Para mi hermano Pedro

Nos llevábamos cinco años. Él era mayor que yo y siempre me protegía (yo era el pequeñín de la familia). Congeniábamos en todo y nos queríamos mucho. Siempre me llevaba con él a todas partes, sobre todo cuando iba a jugar a fútbol. Jugaba con los infantiles en el pueblo y todos decían que era una joven promesa y que un día llegaría a ser una figura. Pero, el destino quiso que esto no sucediera ya que a la temprana edad de 17 años, él y otros amigos de su edad, cargados del idealismo propio de la juventud comprometida y con valores, ingresaron como voluntarios para luchar en defensa de la República Española en la guerra del 36. Vino un par de veces de permiso. La primera por haber sido herido. La segunda vez se le notaba desanimado por todo lo que había vivido y lo que había visto en la guerra. Un año más tarde cayó en el frente de Gandesa (Tarragona), según nos dijeron a la familia por haber sido destinado a una posición a la que otro soldado no se había atrevido a ir.

Como homenaje a nuestro amor por él y por el vacío que desde entonces dejó en nuestras vidas le he dedicado esta música. Siempre le recordaré.




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El baile de las estrellas

Una tarde del verano del 33 fuimos al cine mi hermano Pedro y yo. No recuerdo la película, pero lo que sí me acordaré toda la vida es lo que vimos a la salida del cine. El cielo entero estaba cubierto de estrellas moviéndose en todas las direcciones de tal manera que asustadísimos creíamos que el fin del mundo se estaba produciendo. La gente en la calle no dejaba de mirar al cielo y exclamarse de lo que estaba pasando. Cuando llegamos a casa sobresaltados y temerosos, nuestros padres nos tranquilizaron puesto que ellos ya lo habían visto en otra ocasión, pero en aquella ocasión fue tan espectacular que seguramente si se produjera hoy tal como sucedió entonces, saldría en todas los telediarios.

Esta música me recuerda un poco, visto desde una perspectiva más tranquila, aquel episodio.



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sábado, 13 de septiembre de 2008

Un alto en el camino

Han sido sólo unos pocos días, aunque este verano ya había tenido avisos. Mi corazón necesitaba una puesta a punto y ha sido a la vuelta de la estancia veraniega que como cada año pasamos en familia en un pueblecito de Teruel cuando el aviso se ha convertido en alarma. Gracias a mi querida familia y al factor suerte, el angor ha sido tratado a tiempo por los médicos y enfermeras del equipo de cardiología del hospital de Sant Pau, que han sido unos auténticos ángeles y como resultado mis arterias coronarias han quedado desatascadas. Quisiera agradecer a todos, familia, amigos, conocidos y desconocidos vuestro apoyo recibido tanto en este blog como en el de mi hijo, como por otros medios, e invitaros a que sigáis visitándolo ya que ahora vuelvo a estar en activo y pienso aprovecharme. Saludos, de corazón, a todos.

Y ahora, os invito al baile…



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jueves, 14 de agosto de 2008

Músicos callejeros

Cuando era pequeño, vendría a tener unos diez años o así, recuerdo que en ocasiones venían a visitarnos un par de músicos callejeros a Sant Feliu, a deleitarnos a todos con sus músicas y su simpatía.

Eran padre e hijo. El hijo tendría unos pocos años más que yo y tocaba una especie de kazoo, es decir un instrumento de viento que se toca con la boca tarareando la melodía. El padre tocaba el acordeón. Entre ambos lograban embelesarnos a mí y a mis amigos y muchas veces pienso que mi vocación musical nació por aquel entonces. La música que os presento la compuse recordando esas sensaciones tan inspiradoras.



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viernes, 8 de agosto de 2008

Al levantarme

Por las mañanas, si he tenido una buena noche y he descansado más o menos bien, me siento relajado, y a veces, momentos antes de despertarme del todo me viene a la cabeza alguna idea musical. Soy de los que normalmente se levantan con optimismo y el tener esa música en mi cabeza me ayuda a mantener este estado de ánimo durante más tiempo

Como muestra de ello, dejo aquí una de estas pequeñas composiciones que escribí un día, después de desayunar.



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jueves, 7 de agosto de 2008

Mi presentación

Hola, me llamo Salvador Bergoñón Valera. Nací en Sant Feliu de LLobregat (Barcelona) el 14 de Agosto de 1923. Desde niño siempre me decían que tenía oído para la música. Con mis amigos queríamos formar una orquesta y por eso quise aprender solfeo. Lo hice con mis escasos medios con músicos del pueblo que se ofrecieron a enseñarme. Aprendí también a tocar el piano y por las tardes practicaba en el cine Iberia en el pueblo. Poco a poco iba aumentando mi interés por la música y quise estudiar armonía y composición en Barcelona. En tiempos de escasez y necesidad (estábamos en plena posguerra), esto supuso un gran esfuerzo para mí, debido a la desnutrición y falta de sueño que padecí durante una larga temporada y que afectó a mi salud. Sin embargo, la afición nunca me abandonó y más adelante pude retomar los estudios esta vez por correspondencia. Hoy en día como jubilado dedico casi todo mi tiempo libre a desarrollar lo aprendido en esos tiempos y he podido componer una serie de temas en mi piano electrónico que me hacen por fin, disfrutar con mi trabajo. Y además, gracias a Internet tengo la posibilidad de que puedan llegar con toda humildad a todo el que quiera escucharlas. A modo de "preludio", aquí os dejo esta pequeña composición a la que le puse este título, tan indicativo de "comienzo".



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